lunes 12 de octubre de 2009

Leónidas Guerrero, Un abogado.

La verdad, dicen algunos, es "síntesis de oposiciones". Quizás eso caracterice la obra "Leónidas Guerrero", de Daniel Ortiz. Un momento en el cual los opuestos se sientan en la mesa, y dialogan. Mal que les pese a uno o al otro.

Un militar argentino que ha cometido un crimen, se encuentra con un abogado que lo defiende.

El abogado es de oficio, empleado público. Con lo que ello conlleva.

El militar, su opuesto, una rara avis que consigue su sueño dorado: pelear una guerra en un campo de batalla de verdad, contra un enemigo de verdad, entre la sangre y las ráfagas de balas, por un país que en una centuria no había tenido guerras.

Ambos superan el desprecio, la confrontación gratuita, el mutuo silencio, y dialogan.

Como el Noble Hidalgo Cervantino y su escudero Sancho Panza, largamente opuestos, a la postre nuestros personajes parecen comprender que su distancia no era ni insalvable, ni tan lejana: el Leónidas-Quijote que luchó contra "los molinos de vientos" de ametralladoras inglesas en aquella ladera de la montaña, anuncia su decisión de convertirse en... abogado.





Los actores Leonardo Alcarraz Lores (Leónidas), Ricardo Faurix (abogado) se desempeñaron cabalmente, con cuerpo y alma. Y una metáfora interesante, fue la cuidada elección de la música "Admiral Brown" de los Wolfe Tones:



Comentarios: Alternativa Teatral

Web: http://www.leonidasguerrero.blogspot.com

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miércoles 11 de febrero de 2009

Las Palabras

Las palabras están vivas, insufladas, arrojadas a esta boca entreabierta que se cierra para volver a respirar por la nariz. Recta esta nariz. Recta la línea que empieza a quebrarse, a insinuarse por meandros y otras sinuosidades que me lleva a pensar en voz tan baja, casi en silencio, instante en el cual este murmullo se apodera de una historia entretejida por las manos del olvido. Conozco esas manos, que también son propias y ajenas y de nadie.

Manos labradas a fuerza de escribir y de levantar objetos.
Manos que me remontan a un sábado de mudanza, en pleno invierno, cuando la conciencia promete, en vano, que será la última.
Manos y cuerpo cansado después de dormir en forma entrecortada, con sueños siniestros y despertares alterados.
- Buenos días, Atilio. Se nos muda nomás. Y para colmo cambia de barrio. Se lo va a extrañar aunque adquiera las mañas de un porteño en ascenso. Se va para arriba, Doctor, se va p’al norte de esta ciudad.
Uno agradece y retribuye los buenos augurios.
Luego vinieron los amigos y me dieron una mano con el traslado de algunos muebles y artefactos en la camioneta del turco Sued.
En un momento dado pensé: “no me acompaña ni la soledad”.
A veces es insistente la idea.
A veces siento que me persigue, al igual que esos sueños siniestros que abren la mirada a este hombre que aún sigo siendo.
Hombre que sigo siendo a mi pesar.
Hombre que persigue los vaivenes de una línea que se bifurca al infinito, que se pierde entre los recuerdos cuando estos aprenden a inventar.
Porque la realidad es su propia invención, aunque cueste creerlo, ya que es eterna la transformación de lo mismo.
El Doctor se va para arriba, dijeron varias voces.
Mi voz, silenciada por la prudencia, decía otra cosa.
¿Qué decía?
¿Acaso lo indecible?
Fui libre para irme a vivir, por vez primera, a una casa, que es ésta, donde aún vivo, donde habito un escritorio, que es mi lugar elegido para leer y releer y transcribir lo que la ficción le dicta a esta ignorada realidad. En el mientras tanto, regresando a aquella lejana tarde que nunca termina de atardecer, me encuentro en el living, celebrando con copas de champagne, oyendo proclamas, jugando partidos de truco y quedándome a solas al encender la luz eléctrica.
Entonces colgaban las bombitas de luz.
Entonces la casa estaba en construcción.
Estaba fatigado. Me pedí una pizzeta y una gaseosa.
Acomodé algunos petates y seguí pensando en los menesteres que conciernen al mantenimiento de una casa. Regué las plantas del jardín y, por enésima vez, extraje un par de bolsas de residuos. Calculé que en 10 minutos pasaría el camión recolector. Abrí la puerta cancel que da a la calle Arias y casi me llevé por delante una sombra, que no era la propia.
Una presencia espectral envuelta en un sacón viejo, raído, oscuro. Un anciano de mediana estatura que sostenía entre sus manos un voluminoso pliegue de hojas dentro de una caja. Negra la caja. Presumiblemente de zapatos. Sencillamente lo depositó como parte de la basura acumulada a lo largo del día y se marchó. No registró mi rol de observador. Tampoco pareció importarle. Cruzó de vereda y encendió un cigarrillo. Aspiró profundamente y despidió un sonido gutural acompañado de alivio: como si se hubiese sacado de encima un peso sostenido durante demasiado tiempo.
Se detuvo en la esquina, inmerso en su mundo interior y finalmente, al arrojar la colilla sobre la acera y aplastarla con el taco de un zapato, exhaló.
No debo de estar equivocado, me dije, cuando una voz cavernaria se interpuso y me asustó.
Estaba oscura la calle.
Una vez superado el sobresalto, giré y reconocí a mi espalda el contorno de la figura de una mujer.
No recuerdo la primera palabra, o la primera frase pronunciada por ella.
...buenas noches.
Buenas noches –respondí.
En la cabeza llevaba puesto un sombrero. No se movió ni se inmutó. Permaneció de pie como una estatua.
Usted también observa.
Me intimidó. Parecía una digna representante de otra época. Mujer de los locos años 20 en la bohemia parisina.
Me presenté, la saludé con un beso en la mejilla y dije:
Es que acabo de mudarme y necesito conocer el vecindario.
No me agradó lo que dije, ni lo que estaba por decir, ni haber registrado el tono medido en la voz. Mientras hablaba y vociferaba justificaciones, irrumpió una palabra, la que no pronuncié, la que delataba el estado de mi cuerpo: “amedrentado”.
Mientras tanto el viejo había desaparecido: no así lo depositado en el amplio cesto de residuos.
Pronto nos volveremos a encontrar –afirmó ella. Soy del barrio.
Los labios gruesos pintados de carmesí. Ojos grandes, almendrados, atentos. La voz neutra, acostumbrada a lidiar con su belleza entre tantos hombres. Claro, eso pensé.
No titubeaba.
Miraba de frente y exponía su frontalidad. Se notaba que no pensaba las frases despedidas.
Estaba abrigada con un sacón de cuero tostado y el sombrero al tono.
Llevaba puesto un fino reloj pulsera, de alta gama, presumiblemente Cartier.
¿Fuma?
La pregunta me tomó por sorpresa.
No, gracias.
Nuevamente oí entrecortada su frase. Dijo algo como “mejor así”.
Me retiré con un gesto: la mano en alto.
Luego escuché mis lentos pasos.
Antes de regresar a la casa supe que en unos minutos, después de observar por las rendijas de la persiana que da a la calle, iría a buscar, o rescatar, esa abultada caja de zapatos.
Y así lo hice. Con sigilo. Con la suficiente parsimonia que la circunstancia ameritaba. Extraje la caja, bastante pesada y, sin dejar de mirar de reojo a diestra y siniestra, crucé de vereda, volví a abrir y cerrar la puerta, atravesé el pasillo y dejé el enigma sobre una mesa ratona.
Al sentarme noté la respiración agitada y sentí palpitaciones a la altura de la sien. Estaba cómodamente apoltronado en un sofá. Antes de levantarme a buscar un vaso de agua, sonó el teléfono. Por primera vez sonaba el teléfono en mi nueva casa.
Eran las diez y veinte de la noche.
Las imágenes del anciano y de la bella joven me vinieron a la cabeza como si formaran parte del engranaje de una novela dramática que nadie se atreverá a narrar.
Hola.
- ¿Qué hacés, flaco? Te felicito, che. Me dijo el turco que te compraste la casa nomás. Me pasó el número y aquí estoy, como siempre, peleándola en el sur. ¿Sabés que en unos 10 días andaré por allá?
- En buena hora, Horacio. Acá hay lugar de sobra. Te estaré esperando. Eso sí: avisame por las dudas un día antes.
- Te conozco, mascarita. Quedate tranquilo que te llamaré antes. Che, decime algo sobre la mudanza y estos meses en tu vida. De poco y nada me entero en este desierto.
- Nada que no te puedas imaginar. Con el laburo, la Clínica, la Editorial y otros menesteres va bien la cosa...Respecto a lo otro, ¿qué agregar?
¿La seguís viendo?
- No, por suerte. Cada cual a su rancho y a otra cosa mariposa. Todavía soy un alma en pena. No levanto cabeza, pero ya sabemos que esto es cuestión de tiempo, ¿verdad?
Esa palabra, pronunciada bajo los signos del interrogante, resonó varias veces, incontables veces dentro de mi atribulada cabeza.
¿Qué queremos decir cuando decimos “verdad” pidiendo permiso al destino, como si éste existiera?
No recuerdo lo que seguimos conversando con Horacio, ni los pormenores de una noche llamada a ser reconstruida con la calefacción y el equipo de audio encendidos. Bebí agua y me arrojé sobre un sillón con los ojos cerrados que viajaron sobre el paisaje de llanura que suena en los acordes de Path Metheny.
¿Cuáles son las verdades del dolor?
¿Cuántas caras encubiertas posee?
No obstante, el cansancio hizo mella en esas imágenes pampeanas transformadas en dirección al sueño que se avecinaba y me guiaba por zonas imprevistas.
Después de añares, me dormí sin la voluntad de hacerlo. Digamos que el cuerpo me acostó y me llevó hacia lugares inauditos: inauditos según la conciencia.
Lo supe al despertar, al salir del letargo, al conectarme con los borradores de una novela que no quería nacer, al observar la caja negra de zapatos como si dentro de ella cupiesen los secretos nunca revelados del mundo.
Lo supe mientras se borroneaban las palabras vivas del alma y una extraña inquietud me condenaba a su evocación.
Lo supe en los iluminados ojos del anciano y en el imperturbable semblante de la mujer.
Lo supe cuando el eco de la palabra verdad empezó a descascarar la mítica realidad en la que creí hasta abrir los ojos a una mañana distinta a todas mis mañanas anteriores.
De sopetón escribí unas reseñas postergadas para el diario, me preparé un café bien cargado y puse a tostar dos rodajas de pan lactal.
Abrí la ventana del living y percibí una mañana despejada, casi sin transeúntes, con aroma a leña recién cortada y una inhabitual sequedad para el ambiente de nuestra ciudad.
Diáfana la mirada. Diáfano el recuerdo de la noche anterior.
Surgieron otras imágenes y diálogos olvidados.
Mientras desayunaba rememoré la ayuda de los amigos, la distribución de muebles y objetos, algún desacuerdo con el muchacho de la empresa de mudanzas, algún cruce de palabras con el negro Hernández y más de un sarcasmo autorreferencial acerca del hombre que está solo y espera.
¿Acaso era ella quien me esperaba?
Había olvidado su nombre: Victoria.
Se nombró y se presentó antes de dar las buenas noches y agregar que habitaba la calle desde antaño, ya que el espacio público brinda inciertas posibilidades al azar en una vida cotidiana como la suya, o la de cualquier pequeño burgués.
En silencio respondí “como yo”.
Como si leyese mi mente, dijo:
- O como aquel joven de temerarias preferencias a la hora de pasear junto a su perro.
Ella observaba como si entre sus ojos hubiese una cámara oculta registrando escenas de un policial negro.
¿Acaso me refiero a una figura impostada?
Diría que no.
Insisto: verla ha sido una dicha que abrió el imaginario a los locos años 20, según las descripciones y los retratos de sus protagonistas.
Sin pestañear oyó mi breve monólogo.
Tampoco interrumpió.
Al cabo de un silencio que empezó a tornarse incómodo (para mí, claro), sentenció que pronto nos volveríamos a encontrar.
Entonces esbozó una tenue sonrisa acotada por su plena satisfacción.
Si la imagen volviese a cobrar movimiento, estaría acompañada por una balada de jazz, alternando con sutileza algunos acordes entre el piano y el saxo tenor.
Nada es lo que parece ser.
De inmediato me nombró.
¿Cuándo dije mi nombre?
Luego agregó que era del barrio y ante cualquier necesidad o emergencia, podría llamarla.
¿Cuándo me dejó la tarjeta que sostuve y que aún sostengo con las manos?
Quedé envuelto por diversas neblinas que iban y regresaban de una noche destinada a perseverar en la memoria.
Somos eternas sombras de una misma luz, la que nunca alcanzaremos a ver.
¿Eso dijo?
¿Eso recuerdo?
Su rostro quedó sellado en un álbum de fotos que jamás existirá: varias instantáneas que acecharon, que repitieron frases inquietantes, que amedrentaron al hombre que soy, aunque ahora, mientras permanezco sentado en este escritorio ante el enorme pliegue de hojas en blanco, retornan sensaciones pretéritas, de una lejanía rayana con lo inverosímil, cuando este cuerpo pre-adolescente conoció por vez primera ese tembladeral que desterrará definitivamente nuestra inocencia.
Para colmo estos ojos depositaron sus fantasías más perniciosas (luego supe que no eran tales) sobre una mujer prohibida, mayor, o adulta, o la madre de un compañero en la escuela.
Elsa se llama.
Me digo su nombre y de inmediato caen palabras del árbol del lenguaje como: amazona-madraza-devoradora-sensual.
Elsa era altiva, corpulenta y morena.
Emanaba ternura y contención.
Ella se brindaba a enseñarnos juegos, trucos y métodos de estudio.
Era vivaz, alegre, desprejuiciada y atenta. Reunía suficientes características como para que un complejo niño que crece y es abandonado por esa niñez, inaugure su primer colapso emocional ante la mujer adecuada.
Entonces ya era un incipiente cinéfilo.
Entonces sobornábamos a los acomodadores de la sala gracias a la complicidad de un tío que adopté como padrino.
Entonces encontré la semejanza física de esa mujer con Claudia Cardinale.
Aquel domingo fue extraño. La extraña extrañeza de quien se sintió extraño consigo mismo.
Era extraño ser yo y transitar en soledad por una casa recién habitada.
Tuve varios planes a nivel personal y social. Con el lento paso del día se fueron esfumando todos, sin excepción.
Quedé recluído entre paredes que no contestaban y sentí la orfandad que jamás padecí, a Dios gracias.
Daba vueltas y más vueltas alrededor de mi presidio.
Excepto la reseña mencionada y una breve hojeada al periódico, no me conecté ni con la tele, ni con los libros, ni con la promisoria inauguración de la casa para el fin de semana siguiente, ni con las plantas, ni con la alimentación, ni con lo hallado dentro de la caja de zapatos.
Giraba sin rumbo sobre la presencia de la joven (quizás no tan joven).
El monólogo, interrumpido en sendas ocasiones por su agudeza, dibujó el retrato de un hombre que está solo y espera. Sólo espera. Hace de la espera una condición visible...y permanente.
Victoria no representaba: oía.
Cada vez que abría la boca lanzaba punzantes estocadas.
Siempre daban en el blanco, en el centro vital de mis temores y debilidades.
A su lado vislumbraba cómo me iba achicando, cediendo, disminuyendo.
Retorné a épocas desperdigadas entre fragmentos y meros retazos de la memoria, cuando el niño estaba inmerso en un mundo mágico, en un mundo animista de luces y sombras, criado entre mujeres que se hacían cargo de mis primarias necesidades.
Anidaba mis experiencias al cuidado de una madre, una abuela, una tía, un par de hermanas y otro par de criadas.
Sin embargo me atrevo a ir más allá, más allá de mi metejón por Vero, una compañerita del jardín, más allá de las siestas compartidas con Patty, una de las criadas, más allá de la obstinada dedicación de mi hermana mayor, más allá de las caricias y regalos de la tía Emilia, mi madrina, más allá de la desbordante alegría de la abuela cada vez que quedaba a dormir en su casa de Adrogué algún fin de semana.
Voy más allá de los primeros sueños recordados, más allá de la conciencia, más allá de los primeros pasos tambaleantes, más allá del pecho materno, más allá del estado primitivo, más allá del cuerpo y sus límites, más allá de la absoluta pérdida de sentido, más allá del origen, siempre incierto, más allá del corte del cordón umbiilical, más allá del idílico estado fetal y más allá del instante de mi gestación.
Más allá soy descubierto por un más acá que me habita y que ignoro radicalmente.
Es una voz que hace hablar al silencio de la eternidad, una voz recobrada en la cavernaria voz de Victoria, una voz exenta de aprendizajes, prohibiciones y mímesis.
Es la genuina voz del abismo que nos devuelve el olvido para poder empezar a ser, o bien, a creer que empezamos a constituir esta apariencia denominada ser.
El abismo de la naturaleza ha sido encarnada en ella, Victoria, en esa voz que ha borrado mi historicidad, mi ubicación temporo-espacial y mis dialécticos engaños respecto al que he sido, o al que seré.
Es como darse cuenta del estado ficcional que asume la existencia para latir sólo por automatismos.
Aquel domingo y cada día de cada semana en cada año transcurrido desde entonces quedó consumado por el encuentro con esa voz sin dueño.
Pronto nos volveremos a encontrar porque ya nos hemos reencontrado.
¿Qué quiso decir?
Mirame.
Se quitó el sombrero y una espesa cabellera castaña cayó sobre sus hombros.
Larga y brillosa la cabellera.
Victoria Rossi.
Entonces conocí el anonadamiento.
Entonces dejé de estar amedrentado.
No cabían palabras en mi boca entreabierta.
No obstante, dije que no era posible.
¿Eso quisiste decir?
Claro que no, pitonisa.
Eso pensé mientras te abrazaba y te daba la bienvenida. En el mientras tanto dijiste que sos del barrio, que vivís en la casita blanca de la esquina y me dejaste una tarjeta personal. La ví sin mirar.
Qué sorpresa, che. Nada menos que el día de mi mudanza.
No me atreví a nombrar la palabra ofrenda, la cual me fue concedida días más tarde, cuando nos reencontramos una y otra vez compartiendo una historia pasional ya escrita.
Breve e intensa la pasión compartida.
Desde ya, imborrable, al menos para mí, que siempre estaré agradecido.
Ella, la voz sin dueño, dijo días atrás que me atreviese a abrir aquella caja de zapatos, la caja negra, la caja que contiene, en una nouvelle de un centenar de páginas, la descripción de un vínculo inverosímil.
Pitonisa –dije y me arrepentí.
- No, mi querido. El hombre mayor que viste aquella noche es mi padre. Él dijo que se deshacía de ese extenso relato para liberarse del aturdimiento en el que había caído. Estuvo casi un año anudado a la narración. Dijo que una extraña extrañeza lo guiaba a su desprendimiento en el lugar adecuado.
Pasé a ser el perseguidor perseguido.
El cazador convertido en su propia presa.
De la perplejidad pasé a la ofensa.
¿Cómo? ¿Vos me...
- Sí , te ví. Desde la esquina de Vidal, en diagonal al cesto de residuos, te ví. Estaba parada ahí, reflexiva, distante de todo y distante de mí. Entonces reconocí tu silenciosa figura al acecho de un objeto que acababa de ser arrojado al olvido. No estallé en carcajadas para no incomodarte. Qué se yo...el asombro, en mi caso, convoca a la risa.
No mencionaste una palabra mientras estuvimos juntos, Victoria.
No era necesario. Por otra parte, jamás leí una línea escrita por el viejo.
Lo que te perdés, pensé. La excelsa prosa del grillo Rossi.
De inmediato respondí:
- Vos sabés que la guardo y la conservo como si fuese un tesoro preciado y, sin embargo, todavía no la leí.
Falta que menciones lo extraño de todo esto, ¿verdad? ¿Qué estás esperando?
Sonreí.
Que se haga de noche.
Y así fue.
Después de picar algo, saborear los restos de un pote con helado y prepararme un café bien cargado, me instalé en el jardín, me apoltroné en una reposera y seguí las instrucciones meta-literarias de Victoria.
A duras penas arribé a la tercera página.
Suficiente para mí, afirmé. Esto estuvo pergeñado por algún demonio.
Regresé al primer párrafo para cerciorarme que estaba despierto, o lúcido, o en mis cabales. No me pellizqué. Tampoco me persigné.
El grillo Rossi, que descree de la cronología y de los calendarios, es coherente y jamás dejó impresa fecha alguna sobre sus manuscritos.
Obré de prisa, sin dudar.
Dejé las maldecidas hojas dentro de la caja. Luego la rocié con alcohol, la coloqué sobre las baldosas del patio y llevé a cabo el ritual esperado, mientras las llamas, en estado creciente, consumían y despedían la historia amorosa que me unió a Victoria Rossi.
Aún hoy presumo que la materia y la energía de los sueños reavivará desde las cenizas lo que nadie podrá apagar.
Y temo no estar equivocado, ya que las palabras, en el sitio menos pensado, siempre estarán vivas.

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miércoles 5 de noviembre de 2008

SOLES NOCTURNOS

Hay una particular euforia,
Un clima que circula
Mientras el sol une sus crepúsculos,
Los amores se distancian
Y son lunas reposadas,
Volviendo a negar la lluvia que tarda
Y se retarda, calor vivo,

Esquivando fórmulas de supervivencia,
Plantando nocturnos resabios
A plena luz del día,
Caminando sin piernas,
Rodando quizá
En la flotación sucia
De las tangentes
Y partiendo así la ronca humorada
Que las esquinas desperdigan sin ton ni son,
Como el rudimentario círculo de sol
Que dicta intemporal su migaja de vista lista
Para pasar revista a lo debido,
Lo carcomido sutilmente en la flora y fauna urbana,
Eficaz urbanidad que recela de la luna cansada,
Transpirada,
Desflorada sin permisos ni leyes,
Una subversión profunda de huellas nocturnas.
Furia!
Furia de este día!
Única falacia que me entierra transportando sopores,
Inexplicable ruina que aflora hurgando,
Reptando, pregonando,
Una nueva que quema con sonrisa de buena,
Un chasquido de distorsión primigenia
Que nos reprocha, sin saber, sin querer,
Sólo con la placentera miseria
De imponer soles nocturnos.

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martes 16 de septiembre de 2008

Mistura, Lotte

A Stefan y Lotte Zweig

Me gustó, Lotte, cuando dijiste: en la cama, Stefan, bebamos allí. Pensé gratamente: mi compañera.

¿Qué puedo decir de Brasil? ¿Fue nada más que un viento en mi rostro minado? ¿Y qué de los besos de los mulatos mientras recogían la basura de la avenida? ¿Y qué, por fin, de mi descubrimiento de la palabra mistura?



* * *


Hace tanto que el mundo alemán está definido (y no ignoro que ahora un Jefe quiere definirlo aún más) que Brasil me hace volver mil años atrás, a la memoria de lo que nunca tuve. A los poco claros germanos. Cuando no se sabía quién se era. Ni quién pertenecía.

Ahora me dedico al amor, querida Lotte, con ambiciones de ambigüedad. Y ¿quién (o qué) soy?

Allá, en Austria, todo estaba milimetrado. En Río, me sobra margen en la hoja. En una calle culta de una ciudad blanca, vi un borracho que gritaba: Huya ­–por lo que más quiera– salga de Austria. ¿No escucha? Es el tic–tac. Europa es un gran mecanismo de tiempo. ¡Imbécil! El engranaje que no sirve se tira. Todos a un tiempo gritan ‘¡somos libres!’ ¿No lo entiende aún? No hay lugar para desafinados como yo. Le repito: ¡huya que el tic–tac es el de la bomba que no se ve!

¿Soy blanco o negro? ¿Europeo o americano? ¿varón o mujer? O sencillamente: mistura.

El día que puse el pie en latinoamérica, abandoné las ideas claras. Intenté re­hacer mi lógica: ni verdadero ni falso. Bailé con mujeres. Bailé con hombres.

Sin embargo algo se me escapó. Traje mi cuerpo y el tuyo, querida Lotte. Las al­mas, no.

Intenté (inútilmente) desoír los gritos de mi hermano desde Viena, un brazo menos, pidiendo muerte. Tu madre nos exigió desde su exilio que presione para que Brasil entre en guerra. Visité –indeciso– al mismo presi­dente. Y ahí estoy en el muelle de Santos, donde zarpa un batallón inicial de mulatos a la Gran Pelea de los Blancos.

Fue entonces que me di cuenta: nunca salí de Viena.

¡Ya conozco las trampas de Quien nos hizo! Asisto al banquete con mis mandíbulas cosidas de alambre. Si hubiera llegado sin mujer, (querida, esto entiéndelo del único modo) ¡quizás!

¡Cuánto deseé estar de veras! ¡Acercarme infinitamente al misterio de la mezcla! Penetrar un cuerpo de mulata, amarlo y llenarla, llenándome de esperanza. Hubiera podido, entonces, nacer de nuevo en ella, casi hermano de mi hijo misturado. Abrirle a dentelladas la puerta de sus pechos oscuros para ser en su leche mezclada mi san­gre y la suya.

No fue posible. Vos, compañera, eras mi par. Yo y yo. Nada así es realmente fértil. Te amaba, enferma vos, enfermo yo de la misma identidad. No hubo injerto posible: llegamos a la tierra sin salir de nosotros mismos.

Por eso me gustó tanto, Lotte, cuando dijiste: en la cama Stefan, bebamos allí. Y dividiste en dos mitades la botella de veneno sin mistura.




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miércoles 16 de julio de 2008

FLOTACIÓN

Hoy nada, sobre la superficie,
hasta que remolinos de retrete
despidan sin pañuelos al viento ni lágrimas,
en la humedad de esos cauces de ida sin regreso,
el agua es eso,

y se va con ella cuando antes,
un instante antes nadaba en su nada,
perdida en mis excreciones,
y yo sin rasgos de sorpresa,
sin percibir la partida,
sólo pensamientos volando hacia pasados y futuros,
continuos atardeceres de sensaciones,
fulgores lejanos allí, en un horizonte de memoria móvil,
argumentando, volviendo a remover lo ya removido,
reconstituyendo el aire de los recuerdos,
inútilmente, hasta que cae,
aquello que te retenía dejó que mi mano
encontrara razones para limpiar más que la suciedad,
dejar el lugar aséptico de la más mínima marca,
sin pretensiones de cicatrizar,
sólo de volver a sentir algo en mi tacto,
hasta que nade, y allí nada,
y tengo que dejar caer la gravedad misma,
y flota en la superficie como todo lo superficial,
hasta que muere de hartazgo y banalidad
frente a la mirada que está fuera de todo presentimiento,
que se ocupa de retrotraerse a lo inútil,
y queda mirando cómo la excrecencia viene inevitable,
llamada por la arremolinada manera de atraer de los retretes,
los inodoros, los mingitorios,
unidos por el género líquido de la despedida
a aquello que fue gozo y alimento
y ahora es diatriba de lo tóxico,
intento de mantener pureza de envejecimiento,
un dejo de mí en fuga hacia la nada
que en algún lugar seguirá nadando.

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jueves 26 de junio de 2008

Creencia extraña

Hoy la noche
es este oratorio en servilletas,
un rezo de párvulo que cree.

¿En qué?

En el trago que desciende untuoso
por el desfiladero de mis entrañas.

Creencia extraña,
vaho singular que disimula ausencias,
que acontece en esta apetencia en suspenso,
que recauda mi tributo a tu recuerdo.

Pero es herética mi fe,
se desplaza rauda por el horizonte
donde el resplandor
platina las veredas con rocío.

Entonces, sólo entonces,
abjuro con mis pasos la religiosa tontería
que se evapora con mi sudor
mientras mis pasos avanzan, intermitentes,
hacia donde nunca volverán.

Y ya no recaudo,
ni le pago a mi dolor.

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lunes 16 de junio de 2008

UNA MAÑANA EN LA QUE EL MUNDO NOS OLVIDÓ

Exploro tu sombra. Finjo fumar distraído en el tiempo muerto en que te espero. Estoy allí, descubriendo los recortes de tu cuerpo aseándose por la mañana. Tus movimientos son un caprichoso regateo para la luz, no decide seguir tu recorrido sinuoso de limpieza y disgrega tus contornos.

El rumor de la ducha cesa, descubre que el silencio es la mejor música para este momento en el que yo simulo atender la brasa que recorre el papel y vos el apremio retórico por la hora en que decidimos decir basta a esta mañana furtiva. La cortina se repliega y aparecés con tu cuerpo cubierto de agua fresca. Llego a sentir esa frescura que alivia el calor de este día y observo tus brazos secándote, yendo y viniendo con ese recorrido tan personal, tan íntimo, tan natural, tan mecánico, tan suave; tan compartido ahora conmigo. Me mirás, yo simulo dar una pitada al cigarrillo, dejar la ceniza en el cenicero que anidó entre las sábanas revueltas por nuestra indolencia, por esa manera de enredarnos en nosotros sin importarnos del resto, ni siquiera del tiempo. Secás tus senos, tu vientre, tus piernas, como si estuvieras dibujándolos, como si ese cuerpo debiera tomar forma otra vez sólo para que el mundo te reconozca, luego de deshacerse debajo de mis punciones rítmicas, mi infatigable penetrarte, mi danza errante que buscaba a ciegas los puntos de tu orgasmo entre la ternura de tus entrañas, practicada por mi vientre perplejo y gozoso a la vez, tanto que se perdía y se olvidaba de sí. Ya no veo tu rostro completo. Me perdí en la profundidad de tu boca abierta donde torrentes de gemidos buscaban estrellarse en mis oídos y vuelvo a ser oído, carne a ciegas, agitación sin lugar, tacto sin piel, una totalidad que se pierde y transpira y ya no sabe dónde, ni cómo, ni cuándo; una eternidad en que me consumí en el instante de mi orgasmo y, entonces, ahora que volvés a la habitación, regresa la sensación de haberla perdido, de volverla a desear, la detengo en la imagen de tu cuerpo que busca vestidos, mientras ensayamos explicaciones posibles para continuar las frases de disculpas por la tardanza. Reímos. Tu cuerpo se oculta dentro del vestuario elegido, casualmente el mismo de anoche, un lienzo que se retrajo sabiamente para que nuestra desnudez fuera la única vestimenta admisible. Nos vamos a ir; ensayamos varios “basta” mientras nuestros labios siguen besándose, atados a su memoria que evoca el recorrido lánguido de nuestras lenguas en ellos, de su humedad intercambiada sin reservas, un jugo de pasión extraído del deseo que nos hizo, esta mañana, olvido del mundo. Afortunadamente.

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