viernes, 29 de diciembre de 2006

Simetrías

1




Venía pensando en ruinas, en la fascinación que ellas ejercen sobre mi mundo imaginario, en la posibilidad arqueológica de reconstruir aquello que inevitablemente acabará carcomido por la maleza.

También venía pensando en el cuerpo, este cuerpo, entre otros, que desconocerá, desde que muera, el proceso de su lenta disolución.

Venía saliendo de la boca del subte, Estación Uruguay, inmerso entre la muchedumbre que pugna por salir cuanto antes del vaho sofocante en pleno verano, casi al mediodía, antes de realizar un trámite bancario y tomar una breve pausa para almorzar.

Venía escrutando rostros, rasgos fisonómicos, perfiles y la constitución ósea de los transeúntes.

Antes de poner un pie en la Av. Corrientes, reconocí de espaldas a una mujer que no debía habitar ese cuerpo.

Intentaré ser claro: hablo de una pasión, de los escombros que deja la desmesura, de los subterfugios utilizados para evitarla, en principio, por temor al rechazo.

Hablo de un nombre, Claudia, a quien llamé por su identificador y a quien admiré por el espesor de sus cabellos enrulados. Castaños, los cabellos.

Hice entrega de un carnet y me tomé el atrevimiento de seguirla e invitarla a cenar cuando ella quisiese, sin darle tiempo a pensar.

Respondió afirmativamente.

Ese mismo día, al atardecer, estábamos sentados en un café con vista al río.

No hubo cena: hubo atracción.

Acorde al llamado de nuestros instintos, nos abocamos a consustanciar un vínculo que transitó entre el encantamiento y la desesperación.

Éramos jóvenes, con algo más de veinte abriles puestos en la mirada que aún ignora su condición mortal. Nos besábamos en las plazas, en el auto del viejo, en los boliches, en las calles y en cualquier ocasión que se presentase favorable.

¿Te acordás, Claudia?

Lo dije mientras apoyaba una mano en el hombro descubierto de la mujer que no debía habitar ese cuerpo: era el cuerpo de Claudia.

Ella giró, abrió desmesuradamente sus ojos verdes, semejantes a los evocados, y negó rotundamente.

Pedí disculpas.

No obstante, el parecido me dejó atónito.

Cuando estaba a punto de retirarme, cabizbajo y algo perturbado, fue ella quien dijo:

- No es nada, pero me llamo Marcela. ¿Te pasa algo?

No respondí lo que pensé, aunque me leyó la mente al vuelo.

En pocas palabras, el equívoco nos llevó a otro café, sin vista al río, donde, en principio, cotejamos impresiones banales para sacarme los nervios de encima.

En vano la intención.

Mientras observaba la borra del café, aludí sin ambigüedad a la cuestión.

Ella reaccionó como si ya lo supiese.

Entonces fui al grano:

- Sos el calco de una mujer que conocí mucho tiempo atrás.

- Se notó.

- Y es la primera vez que me pasa. Entre nos, espero que la última también.

- Entonces no se trata de conocer.

- Perdón…

- Creo que el verbo adecuado es enloquecer.

- Ah, claro.

Sonamos, me dije, ésta se la trae.

- Sí, enloquecí, o enloquecimos, o compartimos ese amor único, visceral e inaugural. Estuve fuera de mí unos buenos años, absorto ante semejante belleza, como la tuya, y me entregué en cuerpo y alma, sabés? Algo devastador, una relación que creció, si vale el término, hasta la convivencia, hasta lo demencial, hasta que tatuamos nuestras experiencias con sangre desbocada, ésa que circula fuera del cauce e inunda y arrasa lo poco que queda a tu alrededor.

Ella se llama Claudia.

Pero ella se llama Marcela.

Me interrumpe.

A mi pesar, fui relatando en sentido contrario a lo acostumbrado: de lo general a lo particular.

Ella pide detalles, esas minucias que constituyen el mundo real.

Su mirada perfora. Sus ojos verdes también son claros, enormes, sin las pintitas oscuras que circundaban el iris de Claudia.

Ella gesticula y se asemeja aún más.

Utiliza frases cortas, a veces lacerantes.

Tiene la cara redonda, la nariz recta y los maxilares pronunciados acentúan rasgos duros en las facciones.

Viste de modo informal, con jeans y musculosa en tonos vivos, zapatillas nuevas, muy blancas, y mueve constantemente las manos al hablar.

Tampoco fuma.

Encuentro diferencias en la estatura (Claudia es más baja), en los hombros redondeados, en su voz gruesa, casi ronca, en su disposición a escuchar, en sus manos anchas y en sus pechos prominentes, ligeramente caídos, a pesar del sostén.

Se muestra segura y atenta. Al acecho, diría, sin saber de qué.

- Eso: los hechos insignificantes, o aparentemente insignificantes, que pueblan cada día.

Ella se llama Marcela, me lo repito en silencio, mientras insiste y sigue hurgando en las historias mínimas a través de las cuales gira una relación.

Evoco una tarde entre el otoño y el invierno, cuando empezaba a lloviznar y apuré al paso para llegar al departamento que alquilábamos juntos, por Acoyte, y estaba a 2 cuadras, y pensé en su olor, en su aroma dulzón a leche de lactante. Ingresé a la panadería para llevar medialunas con el mate que me aguardaba y se produjo el relámpago salvífico de su voz en mi mente, que no era grave, mencionando su debilidad por los scones, los cuales percibo, quizá por vez primera, recién salidos del horno.

Antes de doblar por la esquina compro rosas y dejo por escrito en una tarjeta mi devoción por ella.

Sin embargo, al poner un pie en el santuario me encuentro con una nota sobre la cómoda.

Es la crónica de una despedida anunciada.

Antes de leerla, supuse que había llegado la hora de buscar alianzas y sellar nuestro compromiso. Vaya intuición la mía…

Debo ser elocuente.

¿Ella me lee el pensamiento?

Al unísono dijimos:

- Era la nota de la despedida.

Algo así, aunque en verdad fingió una pausa para tomar distancia y pensar y decidir lo que ya estaba decidido.

- Soy un tango –afirmé.

Luego me remití a las previsibles consecuencias, al efecto devastador de otra nota, días subsiguientes, en la cual dictaminó la sentencia del adiós sin piedad.

Bienvenidos fueron los psicofármacos, los insomnios, la pérdida de peso, la caída libre hacia la melancolía y la soledad, los vaivenes con la idea del suicidio y un ensimismamiento que se prolongó más allá de lo tolerable.

- ¿Cuándo la llamaste?

- ¿Qué?

- Lo que oíste.

“Claudia, nunca volví a llamarte”

Casi abrí la boca.

Detuve aquel impulso y me frené.

Del temor brotó otra frase, quizá inconexa:

- Soy un hombre casado y con 3 hijas.

Ella sonrió y mantuvo abierta la expectativa.

El silencio se apoderó de la escena hasta que me sentí perdido.

Definitivamente perdido.

- Nunca volví a llamarla y nunca volví a verla.

- ¿Por qué?

Respondí de inmediato, sin pensar:

- Cobardía.

He aquí el punto de inflexión, un instante previo al abismo que no será cruzado, eso inminente que no se plasmará en el devenir.

Afirmé que durante más de mil días y mil noches me aboqué compulsivamente a la pareja.

“Mentira: así me aboqué a ella.”

Del mismo modo fui perdiendo el interés y el contacto con los amigos, con los partidos de fútbol, con la familia, los estudios y las buenas costumbres del club.

Literalmente quedé prendado de un imán tan poderoso como aniquilador.

Creí que jamás me recompondría.

Ella, ya no sé si Marcela o Claudia, o el demonio mismo, insistió y me pidió mayor hondura en la descripción del vínculo.

Los recuerdos volvieron a abrir cicatrices que creí selladas por el paso del tiempo.

Según dicen, él todo lo cura. Ahora sé que no es así.

Apelé al remanido recurso de mirar el reloj y decir que ya me debía de haber ido.

“Cobardía”.

La palabra hizo mella en mis adentros.

Dí las gracias, ya mis manos húmedas temblaban, había hormigas en el estómago y, si no me equivoco, padecí un principio de taquicardia que me incorporó para despedirla con un sonoro beso y un billete de 10 pesos puesto debajo del cenicero.

Antes de retirarme, o de volver a huir, la mujer presionó una mano sobre el saco y lanzó la estocada imprevista:

- Sólo respondé si vas a decir la verdad.

Nos miramos.

Su insondable mirada me detuvo al borde del colapso.

- Qué sentís por tu mujer.

Lo dijo sin tono de interrogación, de modo imperativo.

Entonces me dí vuelta y me retiré cabizbajo.

Huir es el verbo que me contiene.



2




Venía pensando en el próximo festejo de mi cumpleaños, en esto de cumplir 35 y sentirme joven, lejana a la implicancia social de esos dígitos, soltera y en extraña soledad. Sí, sofocada por el calor y por miradas libidinosas que se posan sobre mi cuerpo sinuoso, ya entrado en carnes, sin la cintura ni los muslos firmes de antaño, aunque siga recibiendo piropos y elogios tributados a una madurez que no acompaño desde la conciencia.

Venía pensando en quehaceres domésticos y cambios a implementar en el diseño de la nueva casa, donde reuniré a mis seres queridos para celebrarlo.

También venía pensando en otras modificaciones: la planificación de los eventos, las nuevas estrategias publicitarias acerca de productos de bajo consumo, la dieta, la constancia en la gimnasia localizada y el rostro del hombre que me saque del letargo emocional.

Hoy es un buen día, me dije, ya que pude descansar, iniciar la mañana sin la tiranía del despertador y confirmar reuniones en horarios espaciados, alrededor de una misma zona: el centro.

Mientras ascendía por las escaleras, en la boca del subte, sentí que una mano titubeante se posaba sobre mi hombro. Me contraje y oí la voz de un hombre:

- ¿Te acordás, Claudia?

También titubeó esa voz.

Me dí vuelta, giré con brusquedad y lo miré como quien mira a alguien antes de una breve e incisiva confrontación verbal inoportuna.

Otro pajero, pensé.

En sus ojos oscuros y profundos cabía la dimensión del equívoco.

El hombre se disculpó y bajó la mirada. Algo había en ella, algo semejante a una súplica, o bien a la mítica figura de un ideal alcanzado en otra vida. Algo extraño.

Cuando puse un pie en la vereda, me detuve, o mejor dicho, algo me detuvo.

- No es nada, pero me llamo Marcela. ¿Te pasa algo?

- Sí, algo raro.

Fácil advertirlo.

Fui expeditiva y le sugerí tomar un café en la esquina.

Dijo que no tenía tiempo, pero lo tuvo.

Él era un tipo más bien insignificante. De no ser por la profundidad de las cuencas, lo cual definía su mirada inmersa en situaciones límites, uno lo calificaría como un hombre común.

Oscura e inescrutable la mirada.

Cruzamos Av. Corrientes, ingresamos a la confitería y pedimos dos cortados.

Había desesperación en su historia: de eso estaba segura.

Entonces me alcanzó otra voz, la que proviene de mi historia, otra voz gruesa como la mía, la de mi hermana.

“Marcela, Marcelita, a ver si dejás de intentar salvar a huérfanos y náufragos. ¿Cuándo vas a aprender? Las causas perdidas siempre fueron tu debilidad. Dejate de joder y afrontalo: necesitás a tu lado un hombre con mayúsculas, con las pelotas bien puestas y la virilidad acorde a su capacidad de tomar decisiones. Seguís siendo una gran teta, una gran madre, y ya sabemos que atributos te sobran, pero empezá a darte cuenta, che: somos eso que elegimos.”

Eso que elegimos: eso.

Y aquí estaba, oyendo absorta el relato de una historia amorosa que casi no se diferenciaba de la mía.

Pablito enloqueció con plena abnegación.

Me convirtió en su musa y me idolatró.

No le importó conocerme: le bastó amarme, si a eso se lo puede llamar amor.

En este hombrecito, que en nada se parece a mi Pablo, hallé la misma obstinación.

Oscura e inescrutable esa obstinación.

Hablaba como un poseído, con los ojos vueltos hacia adentro, hacia esa mujer llamada Claudia que tanto lo enloqueció, que lo aproximó a lo demencial, a vivir fuera de sí, inmerso en un cuerpo que adquirió la dimensión del universo.

Mañana , tarde y noche pensando sólo en ella.

Sí, el verbo adecuado es enloquecer.

Hay un punto de fijación que es antesala de otras rupturas, las venideras, las inevitables.

Trato de puntualizar sobre eso: los hechos insignificantes, o aparentemente insignificantes, que pueblan cada día, como el de hoy, como este preciso instante en el que percibo su deseo encendido por ella, o por mí, o esa mítica mujer que no existirá más que en la imaginación del retraído.

Leo sus pensamientos y lanza la frase que lo define de pies a cabeza.

- Soy un tango.

Quise golpearlo.

A veces las líneas paralelas no se juntan en el infinito, ni en el horizonte.

A veces no son paralelas, mi Dios.

A veces son la misma línea bifurcada por el espejismo de nuestra ilusión.

Me distraje, que es un modo de estar atenta a otros hilos ya deshilachados del pasado, y pregunté lo que me vengo preguntando desde tiempos inmemoriales.

- ¿Cuándo la llamaste?

- ¿Qué?

Nuevamente el deseo de golpearlo.

- Lo que oíste.

Me inquietó la pausa que se extendió.

El hombrecito sin nombre caviló dentro de aguas recónditas para luego emerger, suspirar, recobrar el aquí y el ahora, siempre inestable e inasible, y afirmar:

- Soy un hombre casado y con 3 hijas.

Sonreí para no golpearlo.

La tercera será la vencida, me dije.

Y así fue.

Quedé inundada por aguas turbias que provenían de un mismo manantial: aguas oscuras que presagian la desgracia.

Sí, hombrecito que reúne dentro de sí a todos los hombres que me han querido.

Leí la sensación que abrió tus fauces para dar lugar a la verdad.

Cobardía dijiste, o dijimos al unísono, mientras visualicé un punto henchido de puntos suspensivos.

Estabas de pie, detenido sobre el precipicio que no conocerá tu caída.

No respondiste a la otra verdad, hombrecito, o Pablito, o quien quiera que seas.

Sentir es el verbo que asumo como condena.

Soy las lágrimas que están cayendo.

Ellas se encargarán de evitar la sentencia a perpetuidad.


--[por Mariano99]

1 comentario:

Diego Vallejo dijo...

Mariano,

El texto es claramente visible, corporal. Tiene buenas descripciones. Algunas repeticiones. Las percepciones de los protagonistas acerca de lo que pasa, y sus cruces con sus pensamientos/reflexiones cruzadas le dan altura al relato.

Lo más: aquí veo textos que me parecen logrados. mis comentarios luego de la "/"

* a quien admiré por el espesor de sus cabellos
* consustanciar un vínculo
* tatuamos nuestras experiencias
* Evoco una tarde entre el otoño y el invierno, cuando empezaba a lloviznar
* su aroma dulzón a leche de lactante.
* caída libre hacia la melancolía y la soledad
* - Soy un hombre casado y con 3 hijas.
/inesperado.
* "Mentira: así me aboqué a ella."
/reflexión sobre lo que el mismo relata.
* Huir es el verbo que me contiene.
/interesante para un final.
* letargo emocional.
* la profundidad de las cuencas
* A veces son la misma línea bifurcada
* Me distraje, que es un modo de estar atenta a otros hilos
/valioso, me pareció femenino...

Lo menos (Lugares comunes o frases demasiado esperables):
* llamado de nuestros instintos
* Su mirada perfora
* en la cual dictaminó la sentencia del adiós sin piedad.
/ "sin piedad" no agrega nada.
* Los recuerdos volvieron a abrir cicatrices que creí selladas por el paso del tiempo
/frase esperable.
* implicancia social
/no sé bien porqué, no me suena.
* miradas libidinosas que se posan sobre mi cuerpo sinuoso
/esperable
* la tiranía del despertador
* un tipo más bien insignificante.
/esto no sé porqué no me suena.
* Oscura e inescrutable la mirada
/lugar común...
* Av. Corrientes,
/ las abreviaturas "tiran abajo" el texto, me pare.
* Hablaba como un poseído,
/excesivo...
* tiempos inmemoriales


Confuso:
* donde reuniré a mis seres queridos para celebrarlo
/ hay que recordar que se refiere al cumpleaños.


Final, decae algo, la parte del hombre parece estar mejor.

Un abrazo Mariano.