jueves, 23 de agosto de 2007

Caballero de mar y tierra

Un oficial de la Armada debe ser ante todo un caballero.
Y si sabe navegar, mejor.
Almirante Nelson



In memoriam Tod Browning y Arturo Cancela



Tenía que hacer tiempo en tierra. Y no iba a caer en esa pésima costumbre que tienen los mercantones, de irse a emborrachar o a revolcarse con alguna fulana por las casas malas del Paseo de Julio, apenas pueden largarse planchada abajo. Un oficial de la Armada, un caballero del mar, nunca debe proceder así. Ejercitar el cuerpo o el intelecto, o colaborar con las fuerzas del orden, uniendo a lo agradable lo útil, son las formas de ocupar honrosamente sus horas de esparcimiento. Como Teniente de Corbeta en uso de licencia, no olvidaba esas máximas. Pero al no presentarse ocasión de ayudar a la policía para atrapar cacos en fuga, disolver huelgas y meetings, o reprimir a maximalistas revoltosos, decidí consagrar mi franco a cultivarme.


Ni en La Prensa ni en La Nación anunciaban conferencia alguna, y tampoco era horario de teatro o de conciertos, por lo tanto meterme en una sala a ver una cinta era el imperativo del momento. Y por cierto, lo que restaba de mis viáticos no permitía mayores efusiones crematísticas. Un chauffeur de taxi me había dejado pato después de haberme arrastrado al garete por toda la ciudad y sus extramuros. Un bergante, un filibustero resultó. Por culpa suya, tuve que andar luego saltando de un tramway a otro, guía en mano, ya que –apartado estoicamente por mis deberes de la vida ciudadana- muchísimo me cuesta orientarme cuando no estoy en Puerto Belgrano o en el Apostadero Naval Dársena Norte.


Incontables veces consulté ese derrotero de tierra firme que es la Peuser, hasta que logré establecer mi posición estimada. Puse entonces rumbo a la calle Libertad. Si me apuraba, llegaría justo para la función vermouth. En los papeles parecía fácil. Pero navegar es otra cosa. Fatigué bordejeada tras bordejeada sin encontrar la arteria de los cines. En una de tantas maniobras, di con una cortada que me fue imposible identificar. Cuál no sería mi satisfacción, al divisar -embutido entre la escasa luz que dejaban las hileras enfrentadas de edificios-, el cartel vertical de una sala: Gran Select. Toda máquina adelante, pues. Quizás aún no estuviera perdida la tarde.


Vi que en la marquesina anunciaban un título, corto y de una sola palabra, pero enrevesado, sin traducir. Al pie, se aclaraban un poco los tantos: Nuevo film del portentoso creador de Dracula. Ésa sí que me había gustado. Recordaba que mi acompañante –la hija menor de un Capitán de Navío a la que había conocido en el Hospital Naval- por la impresión que le dio la sangre se apretó contra mí, sabedora de que estaba con un hombre hecho, que ha navegado de cabo a rabo la ría Bahía Blanca.


El boletero, desde su pecera, me miró con mal talante. ¿Qué le pasaba por el caletre? Yo vestía mi uniforme de invierno con la mayor corrección. ¿Acaso reprobaba los fastos de la Patria? A tanto han llegado las prédicas ácratas y bolcheviques en nuestra cosmopolita ciudad capital.


-¿Está seguro que quiere entrar a la función especial? Además, el filme está empezado -quiso rigorearme ese don nadie como si tratara con un cadete bisoño.


-Deme una -lo maté con la indiferencia, porque ceder a las provocaciones no es demostración de fortaleza, sino falta de templanza.


Mientras manipulaba el talonario sin dejar de ficharme, advertí algo: ese presumible partidario de los Soviet era tan tuerto como los piratas de las novelas que yo leía a escondidas, durante las guardias, en la Escuela Naval. Escrutando con su único ojo, contó una a una las moneditas que le di. Recién después de eso me alcanzó la entrada. Estaba recibiéndola, cuando sentí un insistente tironeo de manga y en consecuencia bajé la vista. Un petiso, qué digo, un legítimo enano, se prendía a mi saco naval como fox terrier en celo. Ipsofacto lo fulminé con el visaje que me ha valido fama recia en cada casino de oficiales que pisé. El mamarracho advirtió mi gorra, vio las tiras sobre mis hombros, y comprendió los kilates que tenía enfrente. Llamado a sosiego, hizo su ofrecimiento:


-¿Lo guío, señor?


-¡El Señor está en el cielo! Yo soy el Teniente de Corbeta Pérez Smith, Horacio Temístocles, dotación del escampavías A.R.A. Biguá, surto en el puerto local por reparaciones de su casco y aparejos.


-¿Lo escolto, Teniente? –insistió el sujeto.


Serio, con una inclinación de cabeza, asentí. Para qué. Si bien paticorto, el acomodador andaba como ballenera con viento por la aleta. Hablando mal y pronto, me llevó a los santos pedos por una escalerita medio oculta y mal alumbrada. Confieso que me molestaba para avanzar el sable naval, que a cada escalón se me enredaba entre las piernas. Sin que yo me percatara cómo, desembocamos al fin en la sala. Una rubia oxigenada de buen aspecto balconeaba desde la pantalla. Había como un cacareo por lo bajo que me hizo colegir un lleno a rabiar. Mi ocasional baqueano terminó ubicándome a un costado, después de algunas idas y vueltas con la linterna entre los dientes. A la luz de ésta, que se ayuntaba con el parpadeo del proyector, aprecié la facha caníbal del tipejo antes de que se retirase bufando. Sería lo que no le di propina. Qué iba a hacer, si no me caían unos centavos ni haciendo salto arriba.


Aún no me había terminado de quitar la gorra, que ya estaba avivándome del clavo: la cinta era hablada en inglés. Y yo no conozco de ese idioma otra cosa que algunos pocos nombres de las piezas del buque. Igualmente decidí quedarme.


La acción transcurría en un circo de esos de hace añares, con carromatos y todo. La musiquita, bastante parecida a la que toca la banda durante las prácticas de infantería y las listas mayores, me caía de lo más agradable. Lo que se veía chocante eran los protagonistas. Había unas hermanas siamesas, una gorda con mitad de la cara bien y la otra barbuda como gaucho alzado, unos cosos con la cabeza formato bochín -encima pelados-, otro enano con más mate que tronco y uno sin brazos ni piernas que se movía tipo víbora de la cruz. Nada placentero de ver. Por suerte, estaba la rubia esa. Más adelante apareció un forzudo, también normal. Y otros enanitos; rubios y bien formados -ella y él-, pero que no se alzaban medio metro de la tierra. Nomás vuelva a bordo –se me incrustó entre ceja y ceja-, me asesoro bien con el Cabo de Mar Güezo a ver qué número le corresponde al enano, y lo corono con unos pesos en la tómbola de Montevideo.


La verdad, tampoco era el lugar como para disfrutar del rato. Estaba muy húmedo y se alternaban corrientes súbitas de aire frío o caliente. Como además notaba una especie de trepidación bajo el suelo, supuse que alguna línea de subterráneos pasaría por allí. Cada vez que uno de los deformes detentaba la pantalla, era festejado por una de gritos, gruñidos y borboteos, que me sentía propiamente metido en un zafarrancho. Y de las demostraciones más o menos vocales, pasaron pronto a una pedorrera cuya autenticidad certificaba el enrarecimiento de la atmósfera. ¡Qué falta de respeto al séptimo arte y a la Civilización Occidental!


En un momento, se cortó la cinta. Acá se arma, me malicié. Voy a tener que impartir lecciones gratuitas de pugilismo y esgrima. Corrían minutos y se ve que no daban pie con bola para arreglar el aparato. De abajo, sentía la trepidación esa, y el pataleo del público era como que le contestaba. Más fuerte, cada vez más fuerte. Si yo estuviera encargado del local, otra cosa sería, iban a ver cuántos pares son tres botas. Aburridos del ejercicio, supongo, los acólitos se entretuvieron con una guerra de escupitajos. Suerte que ni uno me rozó, porque entonces no respondía de mí. ¡El uniforme es sagrado!


Lo raro era que no encendieran las luces. Una imprudencia de la administración, así es como suceden las desgracias. Por suerte arrancó de vuelta el proyector y se apaciguaron los ánimos. De lo que veía, saqué en claro que andaban de casorio. Nada menos que el enanito rubio y la oxigenada. Los esperpentos, reunidos ante una larga mesa, brindaban por su felicidad conyugal. Aparte, la enanita lloriqueó despechada. La situación hizo que se me escapara una risa, y algún intolerante me chistó. No quise retarlo a duelo por una menudencia así. Además, seguramente se trataba de un cualquiera, de un guarango. Muy poco para que un oficial de la Armada desenvaine su sable.


La musiquita que de entrada me había agradado, ya me fastidiaba tanto como cuando uno lleva más de veinte vueltas a la Plaza de Armas con el Mauser al hombro y clavando taco. Se me hacía difícil entender las peripecias de la pantalla sin captar ni jota de lo hablado. Pero pude colegir que andaban en tejemanejes extraños la oxigenada y el forzudo. Cuando esos dos ya directamente mostraron la hilacha besándose, el petiso que tenía en la butaca de al lado los carajeó como si fueran de carne y hueso. Y cuando se rajaron con la plata de los enanitos, flameaba que apenas se podía tener en su sitio. Estuve a punto de llamarlo al orden.


La troupe de contrahechos se avivó de la matufia y salió a perseguir a los amantes. Iban todos los monstruitos bajo un chaparrón poniendo cara de malos. Uno, el privado de brazos y piernas, reptaba llevando entre dientes un puñal. Me hizo acordar al acomodador con su bendita linterna. Entretanto, no paraba la cantilena esa de circo, que junto con los olores apelmazados en la sala incrementó mi sensación de encierro. Me sobraban las ganas de efectuar abandono del lugar. Pero debía ser muy temprano. ¿Qué iba a andar haciendo por esas calles de Dios hasta que me tocara ir a relevar al oficial de servicio?


Con la captura de los fugitivos terminó la persecución. La sala se venía abajo de los aplausos y los hurras. Debo haber sido el único que se mantuvo ecuánime. Al fin y al cabo se trataba de una cinta nomás. No se mostró el castigo que le dieron a la falsa rubia, por intrigante y por traidora, pero sí sus consecuencias. Le dejaron la cara hecha una magulladura viva. Le habían cortado las piernas -que bien pulposas y torneadas las tenía-, y la guardaban en una suerte de corralito, adornada con plumas y haciendo de gallina humana. A lo mejor, también le habían arrancado la lengua. La pobre andaba dele cocó, cocó, cocorocó. La turba aullaba de vengativa satisfacción. Yo no soporté tanta indecencia junta y me dispuse a zarpar.


Ganaba a tientas el fondo de la sala, cuando concluyeron los títulos finales y se encendieron las luces. Ahí me di cuenta de una particularidad del Gran Select, en la que no reparé antes por haber ingresado como quien dice por la puerta de emergencia. En virtud de algún capricho modernista de sus arquitectos, tenía la entrada bajo la pantalla. Viré por avante, un poco incomodado por la desorientación y otro tanto por las manifestaciones de la plebe alrededor. Cuál no sería mi sorpresa. Entre los asistentes a la función yo era el único bien nacido. Mujeres con barba, hermanos y hermanas pegados por un flanco o por la espalda, jaurías de enanos y de gibosos, engendros de cabeza desproporcionada, gigantones de cara y manos larguísimas, se interponían entre la calle y este servidor. Apuré la marcha para abrirme paso entre ellos y alcanzar el aire libre. No sé si les disgustó mi aspecto de guerrero bien plantado, mi actitud marcial, o si los movía la envidia por la apostura con que lucía yo el uniforme. El asunto es que me miraban feo. De los más cercanos a los que estaban distantes, se empezó a correr un rumor insultante. Ya después me señalaban sin ninguna inhibición, los muy maleducados. Y hasta se atrevieron, envanecidos por la innoble fuerza del número, a impedirme el paso.


Yo me calcé la gorra bien calzada, agarré fuerte el sable, y a paso redoblado me decidí a romper el bloqueo:


-Cocó, cocó, cocorocó, cocó.









--Juan Bautista Duizeide

2 comentarios:

Diego Vallejo dijo...

He aquí un héroe naval. Un héroe compacto, sin fisuras, sin huecos por donde pueda entrarle la realidad. Una gota de aceite en medio del agua. Horacio Temístocles hombre de mar. Temístocles como el gran General Ateniense: el militar partidario de la lucha naval contra el Imperio Persa, y prototipo de la inflexibilidad. Ninguna idea ni peligrosa ni vana habita su mente. Sus pensamientos son altos, graves y patrióticos. Como en un chiste de Quino el guardián de la plaza de tanto vivir entre estatuas termina por adquirir para cada movimiento cotidiano la gallardía y la prestancia del bronce intentando inmortalizar su banalidad.

Es hombre de mar. Hombre que no acepta la lógica de tierra firme: así lo terrestre lo refiere en términos nautas. Y acompaña con un lenguaje arcaico, de otra época. Otro ladrillo en la pared que lo separa de lo que se encuentra más allá del perímetro de su uniforme en ese cine oscuro. Podemos presumir que como Temístocles y como Quintus Horatius Flaccus, esta versión moderna tuvo orígenes humildes y la pasión lo eleva al rango que detenta en el momento de la narración. Ni la falta de dinero ni la adversidad quiebran su paso distinguido.

Así como el exceso de belleza conduce a veces a la fealdad, esta compostura desubicada lo hunde en la comicidad patética, en el fantasma irónico de la hidalguía.

Y por otro lado el contraste. En su mente -podemos presumir- piensa estar en un mar de deformes como basura flotando alrededor del navío de su propio cuerpo, como un río demasiado contaminado. Imaginamos su figura con brillos dorados avanzando entre la turba de los mal nacidos evitando el contacto físico con su vestimenta formal.

Y el final. Los extremos se acercan. El antiguo Temístocles es degradado por presiones políticas, preso de su inflexibilidad, y (¡de modo inopinado!) el poderoso Imperio Persa, pensando seguramente en una nueva batalla, "contrata" al caído en desgracia, otrora enemigo. Por su parte, en esta pequeña "batalla" contra las fuerzas inmundas, Horacio Temístocles utiliza un arma impensada y -a juzgar por lo anterior- totalmente ajena a sí:
"Cocó, cocó, cocorocó, cocó."

Anónimo dijo...

Leí "caballero de mar y tierra". Me gustó, y pensaba en la idiosincrasia de las personas, no? cómo de acuerdo a su cultura, su historia familiar; actúan, son y ven todo a través de esos ojos, de esa mirada... Qué bien logrado la característica de este teniente! En algunas partes me reí... todos eran los distintos, los extraños para él...
El final... sorprendente

Besitos!!
Milly